Chofer, hasta la casa de los hijos
Cuando el reloj apremia, un taxi siempre puede ser la solución. Si el conductor en cuestión es Cuervo, y comenta anécdotas del pasado, mucho mejor. Néstor Taperala es el personaje de este viaje.
Para ir a La Boca desde San Martín no hacía falta mucho tiempo. Salí dos horas antes. Pero siempre el bendito transporte público pone piedras en mi camino.
El bondi tardó media hora, el tren otros 20 minutos. Llegué a Retiro cerca de las 15.30. No llegaba a tiempo. No me quedó otra opción que tomarme un taxi hasta la Bombonera.
“Hasta la cancha de Boca, entramos por Irala”, le dije. Eso al chofer le daba un indicio, yo era Bostero o Cuervo, y se dedicó a indagar.
Rápidamente mostré mi amor Azulgrana, explicándole que entraba por ahí porque es el sector destinado a la prensa. No supo aguantarse más, y me confesó que él era parte de la vieja hinchada de San Lorenzo. Néstor Taperala es su nombre.
Comenzó a contar que juntaban plata para que los jugadores tuvieran camisetas para jugar, un año antes del descenso. Que en el `81 fue alcanza pelotas y camillero. Que el día que el hincha de Boca, Saturnino, falleció él estaba haciendo un asado en la Ciudad Deportiva, y que tuvieron que darle explicaciones a la policía.
“Hinchada era la de antes”, me contó, “Ahora son todos delincuentes”. También comentó que a Miele la gente de la hinchada no lo quería.
Al llegar a unas cuadras me anunció que estaba todo cortado, que me convenía bajar ahí. Le pago y me bajo. Cruzó la avenida y se frenó en la esquina tocándome bocina. “Me habré olvidado algo”, pensé. “Subí que no está cortado y te acerco más”. Un genio Néstor. Me dejó justo en la ventanilla de prensa, sobre la calle Irala, prometiendo leer la cobertura del partido de Mundo Azulgrana.
Da gusto cruzarse con Cuervos en el camino. Más si después uno se puede comer dos pepas en la casa de los hijos, ¿no?.

